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    Siempre supe que Cancún sería un éxito: Rosa María Martínez Sierra

    Rosa María Martínez Sierra es oficialmente la primera trabajadora social en llegar a Cancún y fue parte esencial en el desarrollo y crecimiento de esta ciudad. Visionaria y adelantada a su tiempo, fue capaz de advertir desde un principio no solo el éxito, sino también las grandes fallas que tendría el polo turístico más importante de América Latina

    Opinión

    Nació el 20 de agosto del 49, en la Colonia Portales de la CDMX. “Crecí en un ambiente donde nunca hubo violencia; mi familia era fiestera, bailadora, cantadora”. A invitación de una amiga, estudió en la Escuela Técnica de Trabajo Social y también se inscribió en la UNAM, donde conoció a la maestra Guadalupe Alarcón Morali, quien años más adelante marcaría su llegada a Cancún.

    “Aunque mi papá proveía para todos en casa, yo quería cosas para mí. Hablé con la maestra y le dije que quería trabajar”. Rosa María apenas estaba empezando la carrera. “Me mandó con el profesor Alan Keller, de la Fundación de Estudios para la Población. Con él aprendí estadística, análisis, investigación. Luego estuve en Naucalpan de Juárez, en la Dirección Comunitaria; ahí aprendí de los arquitectos las características que debe tener una banqueta, una guarnición, el asfalto…”.

    Con toda la experiencia adquirida a su corta edad, elaboró la propuesta de la creación de la Dirección de Trabajo Social de Los Pinos, durante la campaña a la presidencia de la república de Luis Echeverría Álvarez. “Apenas tenía veintiún años. Me nombraron coordinadora; no sabía nada de administración, pues a ese nivel es otro rollo. Pero la maestra Alarcón me dijo que eso se resolvía tomando un curso. Y así fue”. Tal era el entusiasmo de Rosa que, al poco tiempo, la misma maestra le habló de una convocatoria.

    “Necesitaban trabajadores sociales para Cancún. Me presenté a las oficinas del entonces Infratur, y junto con más de 35 maestras -que eran el puro coco- hice el examen”. Y ganó el puesto. Poco tiempo después, Rosa María volaba, junto con Salvador Ramos Bustamante, Alberto Juárez Blancas, Antonio Enríquez Savignac, “y dos personas más, que no recuerdo sus nombres”, con destino a Cancún. “Vas a buscar a mi hermano”, le había dicho la maestra Alarcón. “Llegué a la pura selva el 19 de febrero del 72”. Ese fue un primer viaje que realizó, con duración de un solo día. “El siguiente viaje fue para quedarme, ya con contrato firmado”.

    Severiano se llamaba el chofer que la recibió en la pista ubicada donde hoy corre la avenida Kabah. Alfonso Alarcón Morali (quien fuera años más tarde el primer presidente electo del recién estrenado municipio de Benito Juárez) era director de Desarrollo Comunitario por parte de Infratur. “Él era médico no titulado, pero muy apasionado del Trabajo Social por influencia de su hermana. No sé por qué lo llamaban licenciado. Yo siempre lo llamé señor”. Le asignaron la casa número uno de la Avenida Nader. “Tenía un cuarto con cocinita y un baño, una cama individual, un escritorio, frigobar, una estufita de dos quemadores y un tanquecito de 20 kilos de gas. Eso era todo”.

    Lo primero que hizo al llegar fue abocarse a conocer a la gente que había aquí. “Me fui a los seis campamentos que estaban instalados en distintos puntos de Cancún”. Hizo un censo de población, el cual le serviría para partir de ahí a todo lo demás. “El primer problema que detecté fue que nadie quería quedarse en Cancún. Venían. Trabajaban. Juntaban su dinero. Después se iban”. Todo lo hizo a pie. “Caminé y caminé. ¿Por qué crees que tengo artrosis?”, exclama, señalando la silla de ruedas en la que se traslada en estos días.

    Recuerda con cariño la vez que se encontró al ingeniero “Ney” Castillo. “Me dijo: vamos en mi carro, le voy a enseñar la zona hotelera. Cruzamos el puentencito de madera. Cuando vi el mar, me enamoré completamente. Me quería comer a cucharadas los colores del mar, los cocales”.

    Uno de los campamentos, el de la Nader, era de la gente de Infratur, de las oficinas de telégrafos, del correo y el comedor. “Ahí estaban los galerones con los cuartos para todos los ingenieros de las diferentes empresas que vinieron a construir. Desayunábamos todos los días, a las siete de la mañana: huevos con papa, papa con huevo y “a huevo” papas con huevo, acompañado de Wink, el refresco de toronja, frio o caliente, que nos servía Doña Luisa Canché”.

    Después de vivir en la Nader, se mudó a la supermanzana 22. “Me construyeron la Casa del Trabajador Social, donde ahora es el Registro Civil. Ahí surgió todo. Tenía cubículos, sala de conferencias. Me pasaba todo el día en la calle haciendo trabajo de campo, en chinga por todos lados”. Fue censando cuando Rosa María conoció a su esposo, Alejandro Cedano Núñez. “Era ingeniero y trabajaba para el laboratorio de control de calidad de materiales, lo que es mecánica de suelos”. Tuvo tres hijos con él y estuvo casada treinta y ocho años, hasta que quedó viuda, hace casi quince.

    Como si fuera ayer, Rosita, como le dicen de cariño, tiene fresquísima la memoria. “Me acuerdo mucho de la maestra Maty, vino a hacer un trabajo de campo tremendo. Iba recogiendo niños para llevarlos a su famoso Kínder Itzá”. En el galerón de Infratur, Alarcón Morali le mostraba dónde iban a estar las supermanzanas, qué planes tenían para Cancún. “Acá se van a construir 500 casas, me decía, señalando la 23, la 24 y otras zonas”. Para ese entonces, no sabían dónde iba a estar ni la estación de Bomberos, ni la Cruz Roja.

    Rosa María tenía que hacer un mapa de usos y costumbres de la gente que llegaba y que era renuente a quedarse. “Hice una encuesta de dos hojas. Quería saber qué necesitaban, porque mi objetivo era que se quedaran a vivir”. En varias ocasiones discutió con Romárico Arroyo (entonces director de Fonatur). “Yo le decía, estamos atrasados en mil cosas, ustedes no quieren hacerme caso, tenemos que prever, no lo estamos haciendo. Usted está poniendo una fábrica de desarrollo y trabajo en medio de un entorno de pobreza”.

    Rosa María Martínez Sierra
    Rosa María Martínez Sierra y familia

    Y es que la situación prevalente en ese entonces pintaba mal. “Yucatán estaba con la crisis henequenera; en Quintana Roo pasaba lo mismo con el chicle; Campeche, ¡ni se diga! Teníamos un montón de gente literalmente muerta de hambre buscando trabajo. Había una necesidad enorme de crear escuelas, mercados, hospitales… Esto fue una aventura muy grande. Existía, sí, el proyecto por parte de Fonatur, de crear la ciudad de Cancún con todos los servicios… Pero, ¿a dónde, con quién, con qué dinero?”.

    Ahí es donde les tocó entrar a Rosa María y a don Alfonso Alarcón. “Yo, como directora de Desarrollo Comunitario, hice mi investigación, mi evaluación, todo estaba sustentado”. Al parecer, en algún punto, Alarcón se desesperó. “Se llevó mis datos para presentarlos a los economistas en la Ciudad de México… ¡Pero si son economistas, señor Alarcón!, le decía yo. ¿Qué iban a saber ellos de las necesidades de la gente que llegaba a Cancún?”.

    Insiste: “Fue una lucha hacer que la gente se quedara. Cuando pusieron a la venta los locales en el Mercado 23, me ayudó mucho el hecho que en la misma supermanzana se estaban construyendo las casas de Inmobiliaria Kan-Kun. María Esther Namur nos hizo el favor de traer a su hermana Ruth; ella se encargó de vender las casas. Yo le decía a los que querían comprar en el 23: el que no vaya con Ruth y compre una casa, no le damos local”.

    Siempre estuvo en desacuerdo que la estación de Bomberos se ubicara donde sigue hasta la fecha, en la avenida Tulum con Chichén. “Es una muy mala ubicación para entrar y salir. Siempre sugerí la zona del Crucero, donde hoy está Plaza Las Tiendas. Pero me hacían poco caso. Yo tenía la experiencia, pero era joven y no sabía esgrimir bien mis batallas. Me decían que me saltara a Alarcón y me fuera directamente a hablar con Savignac. ¡No tuve los pantalones para hacerlo, carajo!”.

    “Pregúntame de los errores, de las cosas que no quiso hacer Fonatur, que tengo una lista…”

    … “Venga”, le digo.

    Y se arranca…

    “¡Number one!”, exclama categórica. “Puerto Juárez: ahí no se hizo ningún proyecto de desarrollo, siendo que es un lugar de playa. Ha crecido ilógica e indiscriminadamente, quitando oportunidad al desarrollo general de Cancún”. Habla de los problemas de drenaje que hasta la fecha se presentan a lo largo y ancho de nuestra geografía. “Está también lo de la tenencia de la tierra en Bonfil: es un problema que ni el gobierno municipal ni estatal han querido resolver”. La lista es larga y da para mucho más.

    Fundó el Fideicomiso Puerto Juárez; propició la creación del Sindicato de Taxistas; la Cruz Roja y de los mercados 23, 28 y 5. “Había muchísimo trabajo: asignar casas, fundar escuelas, las sociedades de padres de familia, casas para los maestros, las oficinas de migración, el Banco Nacional de México, correos, telégrafos”. También creó la Dirección de Participación Ciudadana, cuyo principal aspecto era fundar mesas directivas en todas las supermanzanas. “Pero se volvió un coto de poder. A la corrupción no le conviene que existan”.

    Recuerda nostálgica: “Junto con Luisa Canché organizábamos bailes para recaudar fondos para construir una escuela, ahí donde hoy está El Parián. Vendíamos cerveza, no le pedíamos permiso a nadie. Don Pachequito, el delegado de Puerto Juárez, andaba con dos policías y sus rifles… ¡Pero valían gorro!”. La carcajada que suelta es, por demás, contagiosa.

    Siempre interesada en el bien común, Rosita se ha involucrado en temas de equidad y género. Actualmente preside el Consejo Estatal de Mujeres de Quintana Roo y como en todo lo que hace, se prepara e instruye continuamente.

    Describe, para concluir, su visión acerca del crecimiento de Cancún: “Desmesurado, como yo esperaba que fuera, sin los servicios que merece una ciudad como la nuestra. Si seguimos así, vamos a tener problemas grandes, principalmente de salubridad”.

    Visita muy seguido el mar de Cancún, y disfruta de él como aquella primera vez cuando lo tuvo enfrente. “Siempre supe que Cancún iba a ser un éxito, y aquí quise quedarme. Dios me dio la oportunidad, cuando gané aquel concurso, de ser la creadora de programas sociales, de la asignación de los servicios sociales, de provocar el desarrollo y el crecimiento de una ciudad que estaba naciendo… ¿No crees que soy afortunada?”.

    Lo es, sin duda.  

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