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    OpiniónEl ausente: Carlos Loret de Mola

    El ausente: Carlos Loret de Mola

    Opinión

    En el desabrido acto en el que se presentó el ridículo himno al aeropuerto Felipe Ángeles con motivo del primer aniversario de su inauguración, no estuvo presente el presidente López Obrador. Tampoco la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, ni el mandatario de Hidalgo, el morenista Julio Menchaca. Pero sí estuvo, el gobernador del Estado de México, el priista Alfredo Del Mazo, aplaudiendo la parodiada obra emblema del obradorato.

    Fue la más reciente de muchas señales que han convencido al priismo mexiquense de que el gobernador ya entregó la plaza a Morena. Los priistas de hueso colorado esperaban otra cosa: un gobernador en estado de guerra, que defendiera con uñas y dientes el último bastión tricolor. Más aún, tratándose de un personaje que representa todo el pedigrí priista: la tercera generación de la clase política mexiquense.

    Del Mazo operó que hubiera alianza, eligió candidata y luego la dejó sola. Esto ya lo detectaron todos los grupos políticos mexiquenses, tanto del PRI como de los otros partidos que estaban dispuestos a arrojarse al ruedo para impedir que Morena llegara. Y como la campaña de Alejandra Del Moral no ha prendido y su tono conciliatorio no emociona, pues más desánimo.

    En Del Mazo sacar las manos de la elección no es un lance de demócrata. Es un cálculo político sumamente arriesgado: apuesta a que le den impunidad a cambio de dejar pasar a Morena. Presume su cercanía con el presidente López Obrador y su amistad con Claudia Sheinbaum.

    Como si eso fuera garantía. Parece que el gobernador no se da cuenta de lo apetitoso que es arremeter contra él: un político con su apellido representa exactamente lo que Morena quiere rechazar, lo que alimenta la narrativa de echarle la culpa al pasado. Cuando Morena critica los 100 años de hegemonía priista en el Estado de México, en todas esas décadas ha habido un Del Mazo en activo.

    La candidata morenista Delfina Gómez despotrica contra el gobernador ante quien la quiera escuchar, y no se mide en adjetivos ni amenazas veladas. Si gana Delfina, ¿no va a perseguir a Del Mazo para consolidarse en el poder e incluso ganar tiempo y popularidad?  ¿No va a abrir carpetas de investigación contra el mandatario y sus cercanos para cubrir sus desaciertos? ¿No va a ser un bombón para la campaña presidencial morenista del 2024 tener una indagatoria en curso contra una de las figuras de oposición más conocidas, y explotar eso cada que se necesite? Si es el caso, ¿el gobernador considera un buen arreglo que no lo metan a la cárcel, aunque manchen su nombre todos los días y lo usen de ariete para derribar a la oposición? ¿O de plano en el 2024 va a meter las manos… pero en la dirección contraria?

    Por su simbolismo político -es la entidad con el padrón electoral más grande y la segunda con más dinero-, la elección en el Estado de México imprime una inercia especial a la carrera presidencial. Quien gana esa gubernatura tiene discurso, muestra músculo, toma vuelo. Después de los resultados tan favorables para la oposición en el Estado de México en el 2021, si es aplastada por Morena este año, empezará todavía más atrás la carrera por el 2024.

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