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    Umberto Roma, la partida de un pionero excepcional

    Opinión

    Umberto Roma, pionero de Cancún, aventurero del mundo, padre, abuelo y apasionado de México, dejó de existir la noche del domingo, en Xalapa, Veracruz.

    Hombre de mil historias, nacido en Italia, en medio de la Segunda Guerra Mundial, emigró a México, donde tocó puertas y conoció gente que lo encaminaron a la hotelería, destino que lo llevó a Mérida y posteriormente lo trajo al Caribe.

    Abrió a Cancuníssimo sus memorias, recuerdos, anécdotas e historias más importantes en una entrevista para la edición de octubre de 2008, donde dejó constancia del amor por su trabajo, solo superado por el amor que le tenía a su familia.

    A continuación, reproducimos integro la entrevista a manera de homenaje a un hombre excepcional, forjador del Cancún que hoy conocemos, quien trabajo desde los cimientos para sacar adelante sus sueños y metas. Descanse en paz Umberto Roma.

    Coleccionables, octubre de 2008

    Los primeros recuerdos de Umberto (sí, va sin hache) Roma —un hombre de mirada larga y distante, de manos grandes, cálidas, de amplia y generosa sonrisa— empiezan con intensa claridad “el 8 de septiembre de 1943, antes de cumplir los dos años, cuando sonaba la alarma de las bombas, durante la Segunda Guerra Mundial. Mi madre me agarraba en sus brazos y me llevaba campo traviesa al establo de una clínica, para refugiarnos en la caballeriza”. Originario de San Doná di Piave, en la provincia de Venecia, Italia, Umberto sufre su primer descalabro académico a los 13 años: “Me corrieron del 3er grado de secundaria ‘por buena conducta’”. Después entró a trabajar como office boy en la oficina de su zío Dario. “Entendí que ganarme la vida así iba a estar en chino y empecé a estudiar de noche, hasta que logré mi título de contador”.

    “Un día, en Venecia, encontré a una mexicana, Adela. Nos enamoramos, después de un año nos casamos y nos fuimos a vivir a Roma. Ahí nació nuestra primera hija, Patrizia”. En la capital italiana tomó un curso de periodismo. Poco después, a Adela la nombraron consejera de la embajada de México en Bruselas, lo que los obligó a hacer la primera mudanza hacia la capital de ese país. Umberto rápidamente se colocó como contralor para Italia en el Mercado Común Europeo, al tiempo que la familia se ensanchaba: Tiziana y Sabina se sumaban al clan.

    Vientos de cambio soplaban a finales de los años sesentas. Las ráfagas tocaron a la familia Roma, que emprendió nuevamente el vuelo, esta vez para llegar a un México convulso política y culturalmente hablando. Umberto había conseguido la corresponsalía para el diario italiano L’Unitá, un periódico de inclinación izquierdista, lo que facilitó su entrada a la ‘intelligentsia’ mexicana, en ese entonces en plena efervescencia.

    Así conoce y entabla una amistad que duraría años con David Alfaro Siquieros. “Fue él mismo quien me introdujo en su círculo social. Conocí así a Méndez Arceos -quien era arzobispo de Morelos-; Demetrio Vallejo, Valentín Campa, toda la gente del partido comunista. David Alfaro me invitaba muy seguido a comer los domingos a su casa de Cuernavaca; su esposa, doña Angélica Arenal, nos preparaba una comida riquísima”. También cuenta que hizo amistad con Oriana Falacci, durante el tiempo que ella pasó haciendo un trabajo para las olimpiadas del 68.

    Poco a poco, Umberto se fue colando en el círculo de italianos radicados en México, hasta que finalmente llegó a la puerta de Bruno Pagliai —un influyente industrial de esa época—. “Entré a una oficina enorme, oscura; al fondo había un escritorio con una lámpara que iluminaba su cabeza pelada, no había ni un solo lugar donde sentarse”, recuerda. La recomendación definitiva sería César Balsa, “el hotelero más importante de México, el que creó la hotelería en México”. Entró a trabajar como auditor para Nacional Hotelera. Roberto Zapata, quien era director general del hotel lo mandó llamar un día: “Mañana se va usted a Mérida”. Así emprendió el viaje, y un año después la familia, con un nuevo miembro, Simonetta, lo alcanzó.

    Ya en Mérida se le empezó a hacer costumbre viajar a Cancún. Umberto recuerda la noche en que Antonio Enríquez Savignac -en ese entonces presidente del Consejo de Administración de NH- le ofreció un pedazo del paraíso. “Estábamos en los terrenos del Hotel Playa Blanca con Toño, mientras Diego de la Peña nos mostraba los planos del futuro hotel. En un momento Toño me dice: “pues te doy Playa Chac Mool, la palapa que está arriba”. Después de algunos tropiezos, y con la ayuda de Vicente Erosa, Umberto pudo finalmente obtener las acciones de Playa Chac Mool.

    Durante un breve periodo también manejó la administración de Playa Tortugas: “Organicé los bailes los fines de semana para los albañiles. Traje al “Pirulí” y a varios artistas de moda…”. De 18 mil pesos que Umberto hacía al mes como gerente regional de NH, lograba hacer, en esos bailes, en tan sólo una noche, hasta 25 mil pesos. “Vendía 800 cartones de cerveza y 600 botellas de Bacardí”. Ante sendos números la familia se muda a Cancún a mediados del 75. Un año después nace la menor de las hijas, María Pía.

    Durante el periodo de Luis Echeverría, Umberto fue el chef oficial de las comidas que el mandatario organizaba en Cancún. Recuerda en especial una ocasión: “Me habían contratado para una comida para 800 personas. El invitado de honor era el Shá de Irán. Nos ubicaron justo bajando el puente, pusieron tres palmeritas que, según los ‘genios’ de Fonatur, le iban a recordar al Sha de Irán su país natal… Todos los invitados estaban debajo de una lona, con las mesas decoradas con canastas llenas de frutas. El primer tiempo era ceviche de caracol, pero con el calor de mayo se echó a perder, así que rápidamente deshice los fruteros de las mesas y preparé 800 porciones de fresca ensalada de frutas”.

    Umberto va y regresa del tiempo, evoca momentos, los observa y los redime a la luz de los años pasados, de las victorias y los fracasos. “Para mí Cancún, en ese entonces, ofrecía una oportunidad única. La gente nace, crece, vive y muere en un lugar casual pero establecido, y de allá no pasa; el poder llegar a un lugar que va a iniciar donde tú mismo puedes iniciar es una perspectiva única en la vida de un ser humano. Eso me atrajo muchísimo. Al venir aquí dejábamos una posición sumamente segura en Mérida. Sin embargo, mi familia, mi esposa, mis hijas, estuvieron dispuestas a seguirme en esa nueva aventura”.

    Cancún, con su indiscutible belleza, ofrecía sólo eso: interminables tardes de mar turquesa, impúdicas puestas de sol, arena a rabiar y un sol esplendente que, sin prisa, alargaba el paso de cada hora. Entonces Umberto organizó las tertulias de cada jueves. Quizá eso salvó –¿o acaso perdió?- a cierto grupo de hombres. “Para entrar había condiciones particulares: conocer y amar profundamente a Alejo Carpentier y a Mario Benedetti”. Así, “Calocho” Millet, Alejandro Rancaño, Unai Luisa, Víctor Fosado, Pepe de Larra, Alfonso Alarcón –el primer alcalde de Benito Juárez, quien llegaba cada semana desde Tampico-, Rosendo Leal y otros más se reunían en Chac Mool a comer, tomar buen vino, platicar de todo y de nada. Fue en una de esas tertulias cuando Pepe de Larra, el autor de las esculturas que se hoy ubican en el centro de la ciudad, le pidió a Umberto el único muro blanco que tenía el restaurante. “Recuerdo que se levantó y en veinte minutos pintó un mural precioso de unos caballos que salían galopando del agua”.

    Dedicado a la lectura, Umberto se resiste a poner ni portar etiquetas. Es un hombre ecléctico, que cabalga las ideas propias y ajenas, que resume en vivencias lo que lee y que lee, con avidez, lo que ha vivido. La muerte de su gran amigo Alex Rancaño “se suicidó con la pistola que usaba el velador de Chac Mool”; la partida final de amigos como Guido Cappellesso y Dino Cardella, y conflictos personales llevaron a Umberto a otros lugares a principios de los ochentas. Sin embargo, Cancún siempre será un referente obligado en sus más íntimas cavilaciones. “Paulatinamente, como avanzas en la edad, buscas cimientos y los cimientos siempre están abajo, no arriba. Entonces lo que buscas son las calles que recorriste, la gente que viste, los lugares, todo lo que te crea una emoción. Hay resortes, a lo mejor hay que visitar más Cancún, a lo mejor reencuentro resortes…”.

    El día de la entrevista llevamos a Umberto a los terrenos donde antes se ubicaba playa Chac Mool. Enormes edificios ocupan lo que antes era un conjunto de rústicas palapas. Hoy esa imagen provoca una nostálgica sonrisa, comparada con la informe plasta de cemento que amenaza, insolente, cada vez más el paisaje caribeño. Cuando le preguntamos si pasar por allá también fue un resorte, respondió, con su habitual certeza: “Eso no fue resorte, eso fue la muerte”.

    Hoy, Umberto, un hombre con quien el tiempo ha sido benévolo, se queda con el Cancún de antes, con el alma de los hombres y mujeres que llegaron a inventar Cancún. “Ya hay dos generaciones en Cancún, hay una tradición, ya hay cimientos, ya Cancún tiene fundamentos”. Habla de su vida como un “eterno comienzo”; hoy está a punto de abrir un hotel en Tequesquitengo, La Casa de Alicia. “Quisiera dejar algo aquí, darle a México un poco de lo que me ha dado. Siento que los retos se tienen que acabar en el último momento de la vida de uno”.

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