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jueves, septiembre 23, 2021
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    OpiniónGuerra y paz: Armina Wolpert

    Guerra y paz: Armina Wolpert

    Opinión

    He recordado últimamente la guerra que hubo hace 30 años, la Guerra del Golfo. Estuve en esa guerra, como los otros 5 millones de israelíes, quienes no conocíamos un conflicto así antes.

    En esa ocasión, los soldados no fueron al campo de batalla, sino que se encerraron con toda su familia en habitaciones pequeñas, que se suponía que estaban completamente herméticas para evitar así la entrada de aire. Era necesario estas precauciones, porque todos esperábamos sorpresas desagradables de Saddam Hussein, por ejemplo, un ataque químico.

    Los ataques eran frecuentes, varias veces durante el día y la noche, más a menudo durante la noche. En esos momentos, el cielo se despertaba repentinamente y se ahogaba en el sonido de una sirena.

    ¿Sabes qué es ese sonido? Al principio, se acerca sigilosamente, se permite acostumbrarse, escuchar, y luego, de pronto, aúlla un grito que agita los nervios. La señal de la sirena debería de hacer que me  moviera, estar alerta, pero por alguna razón me paralizaba. Recuerdo que por primera vez la escuché parada en la oscuridad, con mi hija recién nacida de 5 días, a quien estaba por darle de comer,  pero en ese instante el sonido atravesó el vidrio de las ventanas y se derrumbó en el dormitorio. Seguía aullando, pero yo estaba paralizada y no podía moverme, aunque entendía que en ese momento podíamos morir por un ataque químico. Alguien me arrojó una máscara de gas para mi y a mi hija la metieron en una caja de plástico especial, que se usaba para los bebés en lugar de una máscara de gas. Me arrastraron a una habitación hermética donde ya estaba toda mi familia, pero era dificil de reconocerlos por las máscaras de gas.

    Todo fue muy dramático al principio. Después se convirtió en una rutina. Llegó un momento donde las manos solitas abrían la caja para mi hija y a través de las cuencas de los ojos de la máscara de gas y con una manga plástica le daba su chupón.

    Recuerdo claramente que la guerra fue principalmente de noche, durante el día todos llevaban una vida normal, los niños iban a la escuela como siempre solo que junto con la mochila escolar tenían que llevar su máscara de gas. Estaba prohibido andar sin una máscara, así como hoy es prohibido andar sin un cubre bocas.

    La guerra terminó unos meses después. Terminó justo cuando la vida pacífica ya estaba casi en armonía con la militar. Dominamos las reacciones a la sirena, obtuvimos nuevas habilidades, escuchamos las instrucciones y aprendimos a caer elegantemente al suelo y rápidamente ponernos una máscara de gas si la sirena nos atrapaba en lugares públicos. Y de repente todo se detuvo. Nos dijeron: “vivan en paz, no hay más riesgos”.

    No fue más fácil regresar a la vida pacífica que acostumbrarse a la guerra. Una de las principales dificultades para mí fue aprender a dormir desvestida nuevamente, porque todos estos meses no nos quitamos la ropa en la noche, por si sonaba la sirena.

    Han pasado 30 años y ahora de nuevo escucho ese llanto de sirena a 10 mil kilómetros de Israel, a través de los teléfonos de mis amigos. Esto está sucediendo nuevamente en Israel. Y aquí, en la distancia de 10 mil kilómetros, la sirena me vuelve a paralizar.

    El llanto es el mismo, pero los miedos son diferentes. Clásico para Israel. La variedad de guerras y peligros es muy amplia. A veces es miedo por los soldados, a veces por los misiles en el sur del país, a veces por los misiles en el norte del país, a veces por los globos de niños con explosivos, a veces por un incendio premeditado, a veces por los misiles cayendo sobre tu cabeza.

    Así como fue en la última guerra hace un par de semanas, con la Operación Guardián de las Murallas (del 10 de mayo al 21 de mayo de 2021). Esta vez fue mucho más intensa y difícil de vivir una vida “pacífica” en los intervalos del peligro, porque casi no hubo intervalos.

    La sirena aullaba con demasiada frecuencia, además, el peligro esta vez cubría todo el territorio del país, sin excepción. Era un peligro tan real, cualquier persona podía convertirse en ese desafortunado, sobre cuya cabeza podía caer un misil. Fueron 4070 misiles que cayeron sobre la población de un muy pequeño país en 11 días.

    De nuevo las instrucciones, editadas para una nueva guerra: si estás en casa, debes refugiarte en un refugio antiaéreo, que muchos tienen justo en el apartamento, otros lo tienen al lado de la casa. Si el bombardeo te alcanza en la calle, debes tirarte inmediatamente boca abajo y cubrirte la cabeza con las manos.

    ¿Alguna vez han intentado tumbarse boca abajo? ¿Sabes en qué mejilla recostarte sobre el asfalto sucio? ¿Pensarás en que tu ropa se ensuciará o en tu hija, que en este momento está en el kínder y sólo te queda rezar a todos los dioses para que el misil no caiga cerca de ella? Tu corazón saltara de ansiedad, pero impotente. Debes estar tumbado boca abajo sobre el asfalto sucio y caliente, esperar a que pasen un par de minutos y levantarte del suelo y tratar de regresar a esa imagen de llevar una vida pacífica, mientras te quitas el polvo, llamas a todos tus familiares, compruebas que todo está en orden y corres a la tienda, a la oficina, o sigues haciendo un jogging … la vida vuelve instantáneamente a su camino.

    Aquí la guerra convive eternamente con la paz. Están en la misma balanza y de vez en cuando un lado pesa más que el otro. Parece que nunca terminará este juego, el mundo mismo no puede existir sin la guerra, la está equilibrando. Hasta hoy no se pudo, pero no sabemos qué pasará mañana.

    Hace un par de días se anunció un nuevo gobierno de Israel: brillante, joven, dinámico y muy contradictorio.                         Nació la esperanza.

    Esperanza de que después de tantos años de estar en la balanza de la guerra y la paz, finalmente, solo la paz llegue a este país.

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