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lunes, enero 25, 2021
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    Arte y Cultura Día de muertos

    Día de muertos

    Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; más al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con paciencia, desdén o ironía.“

    Octavio Paz

    Locura de tradición. Calaveras, los colores de na­ranja venenosa, esqueletos danzantes, miles de altares en todo el país, las velas que iluminan todo México las noches del 30 de octubre al 2 de noviem­bre. El país está de fiesta. Se celebra la unión con familiares difuntos. En el cementerio, envueltos en mantas (hay mucho frío), gente charlando con sus seres queridos toda la noche, contando las últimas novedades … “Hace mucho que no nos vemos … ha pasado un año … otro año después de tu muerte. Es­toy aquí de nuevo, los tamales todavía están calien­tes. ¿Sientes el calor de la masa de maíz, su olor?

    ¿QUÉ PUEDE SER MÁS ALEGRE QUE REUNIRSE CON LOS TUYOS?

    Como si se estuviera preparando una cena para un familiar que regresa de un largo viaje y que extra­ñaba su comida favorita; que extrañabas su voz, tan reconocible.

    Un cóctel diabólico de cristianismo y paganismo como una prueba más de la singularidad de este país.

    Ancianas, corriendo a casa abrazando los ramos de Cempazúchitl como si fuera un bebé. La ciudad se llena de un olor agrio. El olor como un camino invi­sible para los muertos; el olor se mezcla con el de la ciudad, se extiende por las calles, se convierte en las cuerdas naranjas … Agárrate y te llevarán di­recto al cementerio. La severidad del miedo al en­cuentro con familiares difuntos, el respeto a cada detalle y asi se acerca a su paso al hogar, prepa­rando su visita anual.

    Cada pueblo, cada familia, cada ciudad crea un espacio para sus muertos. Cada uno para el suyo y todos – para la muerte. Es una celebración. Sus al­mas llegaran a Mictlán, el lugar donde viven todos los muertos, un lugar tan tranquilo, libre de estrés, es un sueño de los vivos. Solo una vez al año estas almas serán perturbadas y saldrán a un largo viaje: a Oaxaca y Michoacán, a Guanajuato y Jalisco, a Puebla y Sinaloa, iluminadas por la luz de las flores del Cempazúchitl, traducido del idioma náhuatl «Veinte Pétalos» o «Flor de la Muerte»: cuya luz y olor son como guías para el mundo de los vivos.

    La vida continúa después de la muerte, la vida «se alimenta» de la muerte, dicen los ancestros. No hay mayor privilegio que el de ser sacrificado por los dioses. Ni la vida ni la muerte te pertenecen, estos son todos los caprichos de los dioses.

    Inaceptable para cualquier otro, México lo ve como parte tan integra de la misma vida.

    Las lágrimas y el dolor no existen, no hay espacio emocional ni tiempo en el maratón de preparación de la llegada de los difuntos. Esta festividad de­muestra la legendaria hospitalidad de los mexica­nos. La mesa está lista para los muertos como si fueran vivos. Nuestro amor está aquí, no desapare­ció con la desaparición del cuerpo de un ser querido. Y la forma más simple y comprensible para mani­festarlo es…obviamente – la comida … la favorita, con salsas caseras, pimientos tostados y pozole bien picante.

    Cada pueblo de este infinito país dibuja su propia historia y la tradición de este encuentro. Cada pueblo está esperando la comunicación “muer­ta”. En ésta se permite contar todo y no tener miedo de juicio o disputa. Es solo la alegría de es­tar presente… Y ellos, allí están, paseando como dueños, observando alrededor, viendo los cam­bios que ocurrieron en sus casas después de su muerte. Es una presencia tan física …Están en los altares que fueron preparados durante semanas antes de su llegada.

    Los altares son culminación de la espera, concen­tración de la memoria apoyada con las flores, fo­tografías, ídolos y dulces. La creación de un altar es un ritual que invita a los espíritus. Los últimos se forman en filas ordenadas, esperando con pa­ciencia, cada uno con su pedacito del recuerdo.

    Los cuatro elementos de la existencia están ahí: Fruta que representa la Tierra. Delgadas ti­ras de papel de colores revolotean como el vien­to. Agua en el altar para saciar la sed del que lle­gó tan lejos. Fuego en cada vela. Y una cruz como homenaje a los últimos siglos de la conquista espiritual de este pueblo que engaño su histo­ria … no cambiaron su religión, sino sintetizaron brillantemente la suya con lo ajeno.

    Este «Banquete de Muertos» se sirve en todas par­tes durante tres días: en las casas más ricas de Polanco y en las palapas de Yucatán. Todos están igualados en esta noche, los muertos deambulan por las calles, los arroyos anaranjados acuden en masa a las casas ricas y también a las pobres.

    Una comida de lujo para los muertos que se sien­tan a la mesa junto a los vivos. Todos presen­tes, los recuerdan y los respetan, quizás incluso más que durante su vida. Este no es el baile con el diablo de «El Maestro y Margarita» de Bul­gakov, esto es comunicación y amor. ¿Dónde más podría existir tal fiesta? ¿Tan sabia, aterradora, diferente y tan necesaria? Solo en México.

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